La Fundación Juan March de Madrid ha organizado en febrero una serie de conciertos, todos ellos hilvanados por el sugerente asunto del duelo musical; y, para mayor semejanza con las condiciones primeras, se ha empleado en una minuciosa investigación a fin de programar las obras que oyeron los presentes en aquellas veladas insignes de finales del XVIII. Mozart contra Clementi, Pleyel contra Haydn, Beethoven contra Wölfl, y Thalberg contra Liszt; las luchas de estos titanes de la interpretación quedaron felizmente registradas en diversos documentos de la época, cartas de Mozart y reseñas de periódicos, a los que ahora podemos acceder gracias a la gentileza de la Fundación, que incluyó una traducción de los mismos en su programa de mano. De entre los duelos citados tengo, sin duda, por más sugestivo el acontecido al fortepiano entre Mozart y Clementi, pues los contendientes se vieron de pronto y por sorpresa enredados en una trampa tendida por el Emperador José II.
Ocurrió el famoso duelo durante la noche del 24 de diciembre de 1781. De acuerdo a sus cartas, sabemos que Mozart reaccionó ante las poderosas capacidades técnicas de Clementi; el músico italiano se había labrado una amplia fama como maestro del teclado incluyendo en sus obras novedosos e imposibles alcances técnicos, como las notas dobles a gran velocidad, y no estaba dispuesto a dejarse ensombrecer por los alardes del joven Mozart; de ahí que escogiera para el duelo sus obras de mayor dificultad. La crítica de Mozart a estas destrezas no se hizo esperar: "Clementi es sólo un mecánico", escribió, "un mecánico que toca con una carencia espantosa de gusto y sentimiento". Por su parte, Clementi mostró hacia la interpretación de Mozart una opinión más noble: "Jamás había escuchado hasta entonces a ninguna persona tocar con semejante espíritu y gracia, me quedé verdaderamente asombrado por un Adagio y por sus Variaciones improvisadas, para el que el propio Emperador había escogido el tema..."
No le guardó estima Mozart a Clementi. Dos años después volvió a arremeter contra el italiano, esta vez con respecto a la velocidad de ejecución: "Clementi es un charlatán, como todos los italianos. Escribe Presto en una sonata, e incluso Prestísimo o Alla breve, pero luego la toca en Allegro a 4/4". Pero tampoco hubo de guardársela a Salieri, tristemente célebre por habérsele acusado de dar muerte a Mozart por envenenamiento; atormentado por el rumor hubo de defender, aún en su lecho de muerte, su inocencia. Parece que la rivalidad entre estos dos compositores se originó con motivo de un duelo que en esta ocasión no favoreció a Mozart. La disputa es la siguiente: Mozart solicitó del Emperador el puesto de Profesor de Música para la Princesa de Wurttenberg, pero éste se lo denegó en favor de Salieri aludiendo a sus mejores cualidades como profesor de canto. Cuando al año siguiente también se le denegó el puesto de Profesor de Piano fue su padre, Leopold, quien tendió a Salieri su dedo acusador: "Salieri y su tribu moverán cielo y tierra con tal de hundirlo", escribe el desesperado padre a su hija Nannerl. El director de cine Milos Forman concedió a Mozart, al menos, el placer de humillar a Salieri en presencia de su querido Emperador; detengámonos un momento a disfrutar de esta gran escena:
Ocurrió el famoso duelo durante la noche del 24 de diciembre de 1781. De acuerdo a sus cartas, sabemos que Mozart reaccionó ante las poderosas capacidades técnicas de Clementi; el músico italiano se había labrado una amplia fama como maestro del teclado incluyendo en sus obras novedosos e imposibles alcances técnicos, como las notas dobles a gran velocidad, y no estaba dispuesto a dejarse ensombrecer por los alardes del joven Mozart; de ahí que escogiera para el duelo sus obras de mayor dificultad. La crítica de Mozart a estas destrezas no se hizo esperar: "Clementi es sólo un mecánico", escribió, "un mecánico que toca con una carencia espantosa de gusto y sentimiento". Por su parte, Clementi mostró hacia la interpretación de Mozart una opinión más noble: "Jamás había escuchado hasta entonces a ninguna persona tocar con semejante espíritu y gracia, me quedé verdaderamente asombrado por un Adagio y por sus Variaciones improvisadas, para el que el propio Emperador había escogido el tema..."
No le guardó estima Mozart a Clementi. Dos años después volvió a arremeter contra el italiano, esta vez con respecto a la velocidad de ejecución: "Clementi es un charlatán, como todos los italianos. Escribe Presto en una sonata, e incluso Prestísimo o Alla breve, pero luego la toca en Allegro a 4/4". Pero tampoco hubo de guardársela a Salieri, tristemente célebre por habérsele acusado de dar muerte a Mozart por envenenamiento; atormentado por el rumor hubo de defender, aún en su lecho de muerte, su inocencia. Parece que la rivalidad entre estos dos compositores se originó con motivo de un duelo que en esta ocasión no favoreció a Mozart. La disputa es la siguiente: Mozart solicitó del Emperador el puesto de Profesor de Música para la Princesa de Wurttenberg, pero éste se lo denegó en favor de Salieri aludiendo a sus mejores cualidades como profesor de canto. Cuando al año siguiente también se le denegó el puesto de Profesor de Piano fue su padre, Leopold, quien tendió a Salieri su dedo acusador: "Salieri y su tribu moverán cielo y tierra con tal de hundirlo", escribe el desesperado padre a su hija Nannerl. El director de cine Milos Forman concedió a Mozart, al menos, el placer de humillar a Salieri en presencia de su querido Emperador; detengámonos un momento a disfrutar de esta gran escena:
Más interesante, si cabe, es el resultado de otro duelo acaecido en 1747 entre el Emperador Federico el Grande y el maestro Johann Sebastian Bach. El compositor se había desplazado hasta Postdam para visitar a su hijo Carl Phillippe, y una vez allí fue invitado por el Emperador a uno de esos conciertos de Música de Cámara que se celebraban en el Palacio de Sanssouci. El Emperador, gran amante de la música y esforzado flautista, recibió con honores al gran Bach, y para probar su valía se sentó en un magnífico fortepiano y tocó un tema musical de pocos compases, que aseguraba haber compuesto él mismo. Concluida la audición, Federico II retó públicamente a Bach a improvisar una fuga sobre este tema. Se cuenta que Bach resolvió el reto con tanta audacia que no sólamente el Emperador hubo de manifestar a todos su honda satisfacción, sino que también los presentes quedaron profundamente embelesados.
Pero al maestro Bach no se le reta alegremente sin que el atrevido reciba mayor castigo que la satisfacción de la prueba; y así el genial compositor trabajó sobre este tema hasta lograr una gran obra compuesta de dos Ricercares, diez Cánones, y una Sonata a trio, todos ellos según el tema regio, y que vino a llamar "Ofrenda Musical", dedicada al Emperador. Y he aquí la broma de Bach, la brillante bofetada por la insolencia de Federico: la Sonata a trío está compuesta para violín, continuo y flauta. Y la partitura de la flauta, que a todas luces habría de ser probada por el propio Federico, contenía unas dificultades técnicas muy por encima de las posibilidades del intérprete, con lo que se tiene por cierto que jamás hubo de tocar el Emperador esta partitura. La película suiza "Mein name ist Bach" contiene una brillante escena en la que por esta incompetencia queda el propio Emperador vergonzosamente humillado.
El quedar vergonzosamente humillado, y aún destruido, vencido y aplastado, es un castigo muy común de los héroes que, por cualesquiera razones, si bien generalmente guiados por su orgullo, provocan un enfrentamiento desigual contra fuerzas muy superiores, y se conoce esta osadía con el nombre de hybris. En "Los mitos antiguos y el hombre moderno" afirma el Dr. Joseph Henderson que el sacrificio o la muerte del héroe, y en este sentido también el castigo desmesurado, ha de interpretarse como el paso necesario para el alcanzamiento de la madurez; la traición o derrota, pues, se emplea específicamente como castigo por la hybris.
Si acaso existe en la música un ejemplo distinguido de castigo por la hybris lo hallaremos otra vez en la mitología griega, y será nuevamente un flautista quien sufra los más severos castigos por su impertinencia. La diosa Atenea, habiendo inventado la flauta se regocijaba a menudo extrayendo de ella las más dulces melodías, pero un día vio en un reflejo que sus facciones se distorsionaban al tocar el instrumento y, en un rapto muy humano, lo arrojó malhumorada, maldiciendo a quien lo recogiese. Vino a dar con ella el sátiro Marsias, y se entusiasmó a tal punto con el instrumento que pronto se convirtió en un afamado flautista. Se extendió pronto el rumor de que su talento superaba incluso al del mismo Apolo, y el dios, enterado del asunto se presentó ante Marsias para desafiarlo a un duelo musical. Vencido por el dios, sufrió el tremendo castigo de ser despellejado vivo, como bien se aprecia en el terrible lienzo de Luca Giordano.
Concluyamos con la descripción que hace de esta historia el poeta Ovidio, y cuidémonos los músicos -que a muchos nos es muy propio este comportamiento-, de dejarnos vencer por el orgullo y la soberbia: "¿Por qué me arrancas de mí mismo? grita Marsias, ¡Ay! Piedad, la flauta no vale tanto... Y gritando le arrancaban la piel del cuerpo, y todo él no era más que una sola yaga. La sangre brota por todas partes, los músculos quedan al descubierto, las venas laten temblorosas, y en su pecho se podrían ver los órganos palpitantes y las entrañas transparentadas..."
El quedar vergonzosamente humillado, y aún destruido, vencido y aplastado, es un castigo muy común de los héroes que, por cualesquiera razones, si bien generalmente guiados por su orgullo, provocan un enfrentamiento desigual contra fuerzas muy superiores, y se conoce esta osadía con el nombre de hybris. En "Los mitos antiguos y el hombre moderno" afirma el Dr. Joseph Henderson que el sacrificio o la muerte del héroe, y en este sentido también el castigo desmesurado, ha de interpretarse como el paso necesario para el alcanzamiento de la madurez; la traición o derrota, pues, se emplea específicamente como castigo por la hybris.
Concluyamos con la descripción que hace de esta historia el poeta Ovidio, y cuidémonos los músicos -que a muchos nos es muy propio este comportamiento-, de dejarnos vencer por el orgullo y la soberbia: "¿Por qué me arrancas de mí mismo? grita Marsias, ¡Ay! Piedad, la flauta no vale tanto... Y gritando le arrancaban la piel del cuerpo, y todo él no era más que una sola yaga. La sangre brota por todas partes, los músculos quedan al descubierto, las venas laten temblorosas, y en su pecho se podrían ver los órganos palpitantes y las entrañas transparentadas..."
Segunda parte del Duelo Mozart Clementi en inglés: Enlace
Lo mismo, pero en francés: Enlace 1; Enlace 2
- Mein Name ist Bach: Enlace